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Full text of "Isidoro Boix Chaler 2003 Dos Anos En Una Escuela Rural"

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ISIDORO BOIX CHALER 


DOS AÑOS EN UNA 
ESCUELA RURAL 


Barcelona, noviembre de 2003 


ISIDORO BOIX CHALER 


DOS AÑOS EN UNA 
ESCUELA RURAL 


Publicado con autorización 
de la Revista VOCES del Ca¬ 
pítulo Uruguay de AELAC 
(Asociación de Educadores de 
Latinoamérica y el Caribe) 


Barcelona, noviembre de 2003 




A MODO DE PRESENTACIÓN 


Por los caminos del amor filial, me llegó el docu¬ 
mento que en estas páginas se ofrece a los lectores. La re¬ 
visión de viejos papeles de un maestro español, tras su fa¬ 
llecimiento, permitió aflorar un artículo escrito por él para 
una revista que en un principio no fue posible identificar. 
Uno de sus familiares me facilitó una fotocopia, autori¬ 
zándome a dar a conocer su contenido si lo creía conve¬ 
niente. Pensé en América Latina, en sus maestros rurales 
de hoy, en el potencial difusor de VOCES, revista del 
Capítulo Uruguay de la Asociación de Educadores de 
Latinoamérica y el Caribe (AELAC). Me pareció que diez 
mil kilómetros y setenta años de distancia no habrían de 
impedir, en este caso, el goce de leer, aprendiendo, y de 
mirar con fe el futuro, soñando o volviendo a soñar. 



No quedé conforme con la falta de referencias bi¬ 
bliográficas con que VOCES se vio obligada, por razones 
que no le eran en absoluto imputables, a difundir el artícu¬ 
lo. E inicié una búsqueda que culminó en el magnífico 
fondo histórico de la Biblioteca de la Asociación de Ma¬ 
estros Rosa Sensat, de Barcelona, donde se custodian va¬ 
liosos documentos que sobrevivieron a la persecución 
característica de la dictadura franquista. Conserva esa Bi¬ 
blioteca la colección completa de la Revista de Pedagogía, 
publicada entre 1922 y 1936 bajo la dirección del emi¬ 
nente pedagogo español Don Lorenzo Luzuriaga, abande¬ 
rado de la escuela nueva, laica, coeducacional y republi¬ 
cana, a quien tanto debemos los educadores formados ha¬ 
cia mediados del Siglo XX en América Latina, “sin duda 
el pedagogo español más importante de la época contem¬ 
poránea”, según nos dice el historiador de la educación 
Claudio Lozano Seijas. 

En el ejemplar del Año XII, número 133, de enero 
de 1933 de la Revista aparece el artículo Dos años en una 
escuela rural, del Maestro Isidoro Boix Chaler, que es el 
que se reproduce en las páginas siguientes. Conviene agre¬ 
gar que la obra Bibliotecas escolares, a la que se refiere en 
sus páginas el Maestro Boix, era una de muchas que edi¬ 
taba, aparte de sus entregas mensuales, la Revista en su 
colección Publicaciones de la Revista de Pedagogía. 
Permítaseme que diga que en buena medida mi formación 
como educador uruguayo se nutrió de muchas de esas 
Publicaciones, resultantes de la reflexión y la experiencia 
de prestigiosos educadores españoles para quienes la cons¬ 
trucción de una nueva educación en una nueva sociedad se 
vio trágicamente abortada por la Guerra Civil. Como tan¬ 
tos otros, Luzuriaga partió al exilio; entre 1939 y 1959 


.4. 



vivió en Argentina, donde, en gran medida con el apoyo 
de la Editorial Losada, prosiguió su obra de difusión de los 
principios y prácticas de la nueva educación. 

Isidoro Boix Chaler, maestro español, nació en 
1908 en la localidad de Vinaroz, provincia de Castellón. 
Ya titulado, asumió en 1930 la dirección de la escuela ru¬ 
ral de Valencia de Aneo, pequeño y aislado pueblo de la 
provincia de Lérida (hoy Lleida), en plenos Pirineos, junto 
a la frontera con Francia. Para trasladarse de Barcelona a 
ese pueblo se requerían entonces unos dos días. Allí 
estuvo dos años, realizando una labor que en cantidad y en 
calidad resulta magistral y que él describe -en este artículo 
seleccionado en el VII Concurso de la Revista de Peda¬ 
gogía- con sencillez y convicción, demostrando un pro¬ 
fundo conocimiento de los fundamentos y prácticas edu¬ 
cativas. 


Quisiera añadir dos comentarios: uno tiene que ver 
con la pedagogía, el otro con la política. En cuanto al 
primero, sorprenderá al lector la actualidad de lo que se 
describe. La tierra (un campo abandonado lleno de 
pedruscos y hierbajos, dice Boix) como base fundamental 
de una obra reparadora y de un aprendizaje activo; la 
integración de las experiencias formativas tomando cómo 
eje el estudio de las ciencias naturales y superando la 
convencional separación entre asignaturas; la articulación 
entre el aula y el medio; las relaciones con servicios 
técnicos distantes; el mejoramiento progresivo de las 
condiciones materiales del local escolar; la organización 
de un museo y de una biblioteca escolar y popular. El 
autor utiliza la expresión “escuela activa”, de actualidad 
entonces en Europa, de incumplimiento todavía hoy en el 


-5- 



ancho mundo escolar. Y como marco y soporte de todo 
ello, la cooperación organizada de la comunidad. 
“Habíamos conseguido -dice Boix- que todo el pueblo se 
interesase por la escuela y que ésta fuese mirada como la 
casa de todos”. ¿Recuerdan los maestros uruguayos cuánto 
debemos a nuestro querido Julio Castro por habernos 
ayudado a entender que “la escuela es la casa del pueblo 
porque es la casa de los hijos del pueblo ”? Para quienes 
no conozcan quién fue Julio Castro les diré que no sólo 
fue un destacado educador y periodista, uruguayo por 
nacimiento y latinoamericano por vocación, sino también 
un activo y lúcido militante de las causas del Pueblo. Es, 
desde 1977 hasta hoy, uno de los desaparecidos de la dic¬ 
tadura militar uruguaya. 

Y esto entronca con mi segundo comentario, histó- 
rico-político. Y pido al lector que no lo rechace a priori, 
porque la educación de hoy está también situada en la 
historia, nutrida de valores políticos. Boix estuvo en esa 
escuela durante dos años, a partir de noviembre de 1930. 
Eran años de entreguerras, de grave crisis económica 
mundial, de inquietudes obreras socializantes, de surgi¬ 
miento del nazismo. La pequeña escuela rural, solitaria en 
los Pirineos, coexistía con un mundo en profunda trans¬ 
formación, que los pedagogos de esos años veían íntima¬ 
mente asociada a urgentes y profundos cambios en las 
concepciones educativas. El 12 de abril de 1931 tienen 
lugar en España elecciones municipales; triunfan los par¬ 
tidos republicanos y el rey Alfonso XIII parte al exilio. El 
28 de junio los republicanos triunfan nuevamente, esta vez 
en elecciones legislativas. El 9 de diciembre se instaura 
formalmente el régimen republicano de gobierno, adop¬ 
tándose una nueva Constitución que contiene este princi- 


-6- 



pió: “La enseñanza será laica, hará del trabajo el eje de su 
actividad metodológica y se inspirará en ideales de solida¬ 
ridad humana”. El 25 de septiembre de 1932 el Gobierno 
de Madrid otorga la autonomía a Cataluña, donde estaba 
situada la escuela de Boix, y ese mismo día se aprueban 
una serie de leyes de importante contenido social, entre 
ellas la de reforma agraria. El Maestro Boix no podía 
seguir los acontecimientos en tiempo real, ni por radio ni 
por televisión, pero concluye su trabajo con tres hermosas 
palabras, “nuestra amada República”, reveladoras de su 
compromiso ideológico, que profetizan grandes realiza¬ 
ciones, grandes sufrimientos y, todavía hoy para algunos 
de nosotros, grandes ilusiones. 

Los que nos graduamos en Uruguay al final de los 
años treinta, como yo, mucho debemos a la amada Repú¬ 
blica Española, que, como hemos visto, nos abasteció de 
espléndidas obras pedagógicas que daban testimonio de 
sus orientaciones y esfuerzos, todavía añorados con admi¬ 
ración en la España actual. Y eso fue así porque el adve¬ 
nimiento de la República Española constituyó en muchos 
ámbitos de la vida ciudadana de América Latina y en 
especial del Cono Sur una explosión de libertad creadora, 
una reinterpretación de la función educativa en la sociedad 
-que el Maestro Boix ejemplifica adecuadamente- que 
impregnó toda la escuela pública, particularmente en los 
medios rurales, sometidos hasta entonces al caciquismo y 
el oscurantismo. Y bien ve el lector que no puedo dejar de 
reincidir en mi ya vieja convicción de que la política y la 
educación están unidas por un puente de permanente 
tránsito de ida y vuelta. 

El Maestro Boix fue “depurado” por el régimen 


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franquista, pero aun así logró culminar su carrera docente 
como Director de una importante escuela urbana, cargo 
obtenido por lo que en España llamamos oposiciones. El 
erial que sus alumnos convirtieron en huerto es hoy una 
plaza pública. Según el Censo de 2001, Valencia de Aneo 
(hoy Valencia d’Aneu) cuenta con 136 habitantes estables, 
sigue estando a 200 kilómetros del ferrocarril, pero sólo a 
tres horas en automóvil desde Barcelona. Es lugar de paso 
hacia importantes áreas turísticas pirenaicas y cuenta con 
algunos hoteles. Ya no tiene su escuela. Los pocos niños 
de lo que fue una comunidad aislada son trasladados 
cotidianamente a la escuela de un pueblo mayor. No 
lamentemos estos cambios, reveladores de un nuevo estilo 
de bienestar. Alegrémonos de que la mirada vigilante de 
una nueva generación haya discernido entre unas viejas 
hojas de papel y un testimonio a rescatar. Y tengamos 
siempre presente el riesgo de que el olvido empobrezca la 
educación. Necesitamos extraer de la memoria propuestas, 
estímulos y compromisos que, aunque lejanos, bien mere¬ 
cen articularse con nuestros esfuerzos por resistir la inhu¬ 
mana oleada neoliberal en que hoy quieren sumergimos. 


Miguel Soler Roca, 

Barcelona, marzo de 2003, 
(mientras bombas inteligentes 
caen sobre Mesopotamia, cuna 
de la escritura). 


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DOS AÑOS EN UNA ESCUELA RURAL 

POR ISIDORO BOIX CHALER 
Maestro nacional de Valencia de Aneo (Lérida) 
Seleccionado en el VII Concurso de la 
REVISTA DE PEDAGOGÍA 


Llegué a este alegre pueblecillo de la justamente 
llamada Suiza española allá por noviembre del año 1930. 
Habían transcurrido dos años en que la escuela estuvo ya 
vacante, ya servida por interinos: dos meses antes de mi 
llegada el último maestro interino había marchado. Se 
acercaba el invierno, el pueblo deseaba un maestro y mi 
presencia fue acogida con el entusiasmo de que son capa¬ 
ces estos materialistas pueblos montañeses ajenos casi por 
completo a los problemas del espíritu. Ellos habían cons¬ 
truido su escuela hacía un par de años con sus solos re¬ 
cursos y, orgullosos de su obra, querían para sus hijos el 
máximo rendimiento de la obra realizada. Encontré, pues, 
una excelente disposición para lo que me proponía hacer. 

En los meses invernales, muy crudos en estas altu¬ 
ras, nuestra labor fue callada y fecunda: había que preparar 
el terreno para la próxima primavera. Con ella llegó el 
buen tiempo, pareciendo despertar todo el pueblo del pro¬ 
longado sopor invernal: se habían sucedido varias reunio¬ 
nes de padres en la escuela y el ambiente estaba ya en 
sazón. 


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Delante de la escuela había un campo abandonado 
lleno de pedruscos y hierbajos, campo que en otro tiempo 
produjo excelentes patatas y hortalizas: él sería nuestro 
«campo de batalla». En las horas de recreo procedimos a 
su limpieza y al final, llevados por nuestro entusiasmo, 
iniciamos su roturación con picos, palas y azadas. Pero, 
hecho por nosotros, hubiera resultado interminable y 
costoso. Había que dar intervención a los mayores y esto 
nos vino de perlas. En varias sesiones de trabajo nuestro 
campo quedó roturado: los padres de los niños con sus 
yuntas hicieron el milagro. Nuestra labor en la clase se 
simultaneaba con la que tenía lugar fuera; era de ver la 
alegría de estos pequeños al contemplar dibujados por sus 
propias manos a sus padres o deudos al lado de algunas 
composiciones, originales unas y dictadas otras; al llevar 
estos trabajos a sus casas los padres no cabían en sí de 
contentos. Todas las incidencias del exterior eran comen¬ 
tadas en clase y servían de motivo para una infinidad de 
lecciones: se iba iniciando de manera firme y segura la 
colaboración entre la escuela y la familia; ésta se intere¬ 
saba por nuestra labor y ponía a contribución de nuestra 
obra una parte de sus energías. 

Pero en el campo no había valla de ninguna clase: 
su entrada era libre en cualquier momento para toda suerte 
de animales que hubieran impedido llevar a feliz término 
nuestra tarea. No habiendo posibilidad económica de 
colocar un cercado metálico, como hubiera sido deseo de 
todos, decidimos construir una valla de madera, para lo 
cual el vecino bosque nos ofrecía materiales a propósito. 
Hubo varias jomadas de trabajo para «el común» (como 
llaman aquí al trabajo gratuito para la colectividad); tomó 


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parte todo el pueblo; unos cortaron los árboles necesarios; 
otros, los arrastraban con sus bestias de tiro; después se 
aserraron convenientemente y en pocos días fue colocada 
alrededor de nuestro campo una tosca valla que llenaba la 
finalidad propuesta. Los dos carpinteros que hay en el 
pueblo y que también trabajaron en «el común» cons¬ 
truyeron dos sencillas puertas del mismo «estilo» que la 
valla. Mientras, había llegado felizmente el buen tiempo y 
nuestra clase quedó convertida casi permanentemente en 
el jardín. Allí de «la escuela activa»: medimos el campo 
en todos sentidos, dibujamos su croquis con diversos 
motivos varias veces y después de muchos tanteos y 
discusiones en las que casi todos los niños expusieron su 
parecer, acordamos la distribución de nuestro campo: éste, 
de forma triangular, quedaría dividido en dos partes por 
medio de un paseo central; de dichas porciones, la del lado 
Norte se subdividiría en pequeñas parcelas que pertene¬ 
cerían temporalmente a cada uno de los alumnos: en ellas 
podrían sembrar o plantar lo que fuera de su gusto. El lado 
Sur se dividiría en tres grandes parcelas a manera de par¬ 
terres que dedicaríamos exclusivamente a la plantación de 
árboles de adorno y flores; cada parcela pertenecería a un 
grupo de niños que lo cultivarían en común. 

Ultimada la valla y terminada así la primera etapa 
de colaboración de los mayores, nos reunimos en la 
escuela para decidir con ellos en qué habría de consistir su 
ayuda ulterior: todos coincidieron en concederla entusiasta 
y decidida, como así fue en efecto en la gran mayoría de 
casos. 


Hubo que abonar el campo y cada niño llevó a la 
escuela una «carga» de estiércol: era divertido ver llegar a 


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los niños a la escuela con su asno, llevando éste a ambos 
lados sendas espuertas del rico abono. Una mañana del 
mes de marzo en que la esplendidez del tiempo invitaba a 
saltar de la cama, quedé gratamente sorprendido al ver que 
dos de mis pequeños alumnos estaban entusiasmados pre¬ 
parando sus respectivas parcelas cuando todavía faltaban 
unas horas para empezar la clase matinal. 


Todo este tiempo fue pródigo en provechosas ense¬ 
ñanzas. En nuestro trabajo tuvimos precisión del auxilio 
de la aritmética, geometría, ciencias naturales, que eran 
estudiadas, no como meras asignaturas, sino como algo 
vivo que por este motivo interesaba grandemente a mis 
alumnos. Sus padres, viendo que los pequeños aprendían a 
leer y escribir (además de otras muchas cosas que escapa¬ 
ban a su comprensión) y que acudían con gusto a la es¬ 
cuela, se interesaban cada vez más por nuestra obra. 

Llegó el mes de abril y con él el tiempo de máxima 
actividad en nuestro jardín. Diariamente acudían a la 
escuela algunas mujeres del pueblo con ricos presentes: 
plantas y flores de todas clases que arrancaban de su huer¬ 
to y que nos ofrecían con excelente voluntad. Los niños 
visitaban, solicitando flores, a todo el mundo, y apenas 
tenían noticia de la existencia de alguna planta poco 
frecuente se formaba una comisión que iba a pedir algunas 
semillas o ramitas de la planta codiciada para la escuela. 
Alguna vez hubo necesidad de ir a un pueblo vecino y 
hasta en varias ocasiones, con aquel motivo, se organi¬ 
zaron excursiones para visitar a los niños de otros pueblos; 
con ello realizamos además una obra de acercamiento es¬ 
piritual entre lugares vecinos y que, sin embargo, no se 


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trataban en otros tiempos con los miramientos debidos. 
Conseguimos así interesar en nuestra empresa a mucha 
gente, además de los padres de los chicos, reuniendo en 
nuestro jardín plantas de las más diversas procedencias. 
Hubo un señor de la aldea cercana, muy alejado del que 
esto escribe por ideología política, que nos envió varios 
paquetes de semillas para el jardín; también recibimos 
valiosos donativos de algunos maestros de este valle. 

Deseando plantar algunos abetos fuimos un día al 
bosque con picos y azadas para arrancar pequeños arbo¬ 
litos que fueron después replantados en nuestro jardín; en 
esta excursión llevamos con nosotros un asno (que nos 
cedieron los padres de un alumno) para llevar los útiles de 
labor y después los arbolitos que tuvimos buen cuidado de 
arrancar con la tierra necesaria. 

Hacían falta árboles frutales: se pensó en pedirlos a 
Lérida con objeto de que fuesen de buena calidad. La 
premura del tiempo impidió hacerlo así y acordamos 
dejarlo para el año venidero. Se plantaron árboles del país 
(perales, manzanos, etc.) que más adelante injertaríamos. 
A la primavera siguiente se encargaron con tiempo sufi¬ 
ciente quince árboles frutales de buena calidad que en 
abril pudimos plantar; con tal motivo muchas familias de 
la localidad decidieron también plantar frutales en sus 
campos respectivos, haciéndose un pedido colectivo de 
más de doscientos árboles. Es ésta una fuente de riqueza 
muy descuidada en estas montañas; si se dedica a ello la 
debida atención los resultados serán, a no dudar, óptimos. 

Nuestros propósitos respecto al campo escolar se 
iban realizando tal como teníamos previsto; habíamos 


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conseguido que todo el pueblo se interesase por la escuela 
y que ésta fuese mirada como la casa de todos; acudían a 
ella con la naturalidad del que va a su propia casa. Bastaba 
una simple indicación para que tuviese reunidos a todos 
los padres de mis alumnos estableciéndose un constante e 
intenso intercambio que permitía resolver con gran faci¬ 
lidad cuantos problemas se presentaban. Más de una vez 
se dio el caso de que trabajando en nuestro jardín pasaba 
por allí algún familiar de los alumnos; si veía que 
realizábamos algún trabajo superior a nuestras posibili¬ 
dades se prestaba en seguida a ayudamos. En cierta oca¬ 
sión tuvimos que sostener alguna discusión con la madre 
de un alumno que pretendía rectificáramos el trazado de 
un camino con objeto de que la porción cultivable fuese 
mayor; quedó zanjada la discusión haciéndole ver que las 
exigencias estéticas nos imponen a veces pequeños sa¬ 
crificios materiales que deben ser hechos con gusto. 

La primavera avanzaba y con ella nuestro jardín 
iba vistiendo sus mejores galas; llegó a constituir la admi¬ 
ración de propios y extraños. Cuantos pasaban por delante 
de la escuela y veían que aquel erial de meses antes se iba 
convirtiendo en rico vergel, ponderaban con exageración 
el trabajo efectuado; esto agradaba en extremo a los padres 
de los niños, los que, por otra parte, veían que sus hijos 
iban a la escuela con alegría y que sus progresos en ella 
eran patentes. Culminó nuestra obra en el esfuerzo 
máximo realizado por el pueblo en su afán de dotar a la 
escuela de todas las perfecciones posibles. Se conven¬ 
cieron muy pronto de que el cuadro que tenían ante sus 
ojos requería otro marco; expresaron su deseo de sustituir 
la tosca valla de madera, que ya había cumplido su misión, 
por un cercado de alambre. Los niños se encargaron de 


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efectuar las mediciones y cálculos necesarios, determi¬ 
nando la cantidad de alambre y otros materiales que ha¬ 
cían falta, como número de barras de hierro, etc. Se 
colocaron asimismo dos artísticas puertas de hierro, se 
construyeron unas escalerillas para bajar del piso-habi¬ 
tación a la sala de clases y fue arreglada la pequeña 
acequia que provee de agua a nuestro jardín. Calcúlese el 
sacrificio que representa para una pequeña aldea de 125 
habitantes el gasto de más de 2.000 pesetas en una obra 
escolar. Lo que mayor satisfacción me produjo fue el ver 
retratado en el semblante de estos rudos lugareños la 
alegría íntima, sincera de realizar un esfuerzo que 
redundaría en beneficio de la educación de sus hijos; otro 
detalle que me satisfizo fue el comprobar que en la obra 
realizada intervino todo el pueblo, aun aquellas familias 
que no tenían ningún chico en la escuela, muestra evidente 
de que lo hecho en ella interesaba y complacía a todos. 

Creyéndolo de gran interés en estas alturas solicité 
de mi antiguo maestro de Vinaroz, D. José Vilaplana, el 
envío de una colección de moluscos, crustáceos, etc., tan 
abundantes en el litoral mediterráneo. El envío de más de 
quinientos ejemplares, hermosos y variados, sirvió de base 
a nuestro actual museo; los niños (y los mayores) que¬ 
daban maravillados a la vista de seres de que ni tan sólo 
tenían noticia y su asombro crecía al enterarse de las 
curiosas particularidades de la vida submarina. Se orga¬ 
nizó nuestra semana del mar en la que se ofreció a los 
niños todo cuanto pudimos recoger referente a la vida en 
él; nos auxiliamos de grabados, fotografías, algún barquito 
de corcho que junto con el material recibido nos permitió 
dar a los niños una idea bastante aproximada de lo que es 
el mar. Hablé a los niños de los museos y de su impor- 


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tancia educativa; bien palpables eran los resultados de su 
iniciación. Un niño dijo que en una mina abandonada, 
muy cercana al pueblo, encontró cristales muy bonitos; 
aprovechamos el primer día de buen tiempo y fuimos a dar 
allá nuestra clase. Se encontraron preciosos cristales de 
cuarzo de regular tamaño y muchos de ellos con magní¬ 
ficos detalles en la cristalización; encontramos también 
una salamandra viva y algunas ranas. Todo ello nos sirvió 
de pretexto para varios trabajos en clase. Respondiendo a 
una indicación mía se acordó con entusiasmo enviar 
algunas muestras de las rocas y minerales recogidos en 
diversas excursiones al Sr. Vilaplana, escribiendo los 
niños con dicho motivo varias cartas a cual más expresiva. 
Como dato curioso he de decir que más de una vez se me 
acercaron los padres de mis alumnos rogándome les 
mostrase aquellas cosas del mar de que sus hijos les 
habían hablado con tal entusiasmo; ni que decir tiene con 
cuánto gusto accedí a tales deseos dándoles toda suerte de 
explicaciones. 

La lectura del libro Bibliotecas escolares publicado 
por la «Revista de Pedagogía», sugirió en mí el propósito 
de formar nuestra biblioteca escolar; teníamos ya en la 
escuela algunos libros; consigné una pequeña partida en el 
presupuesto que me permitió adquirir otros, a los que uní 
unos cuantos de mi pequeño fondo. Así se inició nuestra 
biblioteca. Pero era menester interesar más directamente a 
los niños, haciéndoles intervenir en ella intensamente. A 
este fin surgió casi espontáneamente la idea de formar una 
sociedad cuya única finalidad sería la de fomentar la 
biblioteca. Se escribió un reglamento muy sencillo que fue 
discutido, artículo por artículo, en asamblea general. Se 
señaló una cuota de 10 céntimos semanales por alumno y 


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se procedió seguidamente a la formación del catálogo de 
los libros existentes. Un rasgo que merece destacarse fue 
el acuerdo tomado, en ausencia del interesado, de admitir 
como socio numerario, dispensado de cotizar, a un niño 
cuyos padres vivían en la mayor indigencia. Como los 
niños se llevaban todas las semanas algún libro a sus 
casas, se consiguió también interesar a los mayores que 
eran poderosa ayuda en el fomento de nuestra biblioteca. 
Ahora dirigiremos nuestros esfuerzos hacia la creación por 
el municipio de una biblioteca popular, para lo cual con¬ 
tamos ya en el mismo edificio escolar con un magnífico 
salón. 


Tales son los medios de que me he valido para 
vitalizar y en lo posible enriquecer nuestra escuelita rural: 
téngase en cuenta que nos hallamos en pleno Pirineo, a 
200 kilómetros del ferrocarril y a casi la mitad de todo 
centro importante de población. Las dificultades con que 
hemos tenido que luchar han sido enormes en ocasiones: 
no ha sido una de las menos importantes el espíritu 
excesivamente materialista de estos pobres aldeanos y su 
resistencia ante reformas que nunca creyeron necesarias. 
Ha sido preciso que tocaran primeramente resultados 
prácticos para que se decidieran a ayudamos: a veces lo 
han hecho, sin embargo, con fe y entusiasmo. Pero es in¬ 
dudable que aquí antes de pedir hay que dar con esplen¬ 
didez, y aun así hay que convencerles palpablemente de 
que su sacrificio producirá buenos resultados inmediatos. 
No obstante, confío sinceramente en que la cultura abrirá 
en estos montañeses más dilatados horizontes a su inteli¬ 
gencia y que, en no lejano plazo, dejarán de ser el peso 
muerto que actualmente lleva a cuestas nuestra amada Re¬ 
pública. 


- 17- 




ANEXOS 


(Cortesía de la Biblioteca de la 
Associació de Mestres Rosa Sensat, 

Barcelona) 




0?SM-C3&55 


REVISTA 

DÉ 

PEDAGOGÍA 

Twtfoir i 


S V MAR I O 

Una Pedagogía más moderna.—L. de Zulueta. 

Las ciencias naturales y su enseñanza.— Modesto 
Bargalló. 

Del estímulo en la labor del maestro.— F. Marti 
Alpéra. 

La reforma escolar en Alemania.—L. Lu^uriaga. 

COMUNICACIONES 

LaliteraturaenlasEscuelasNormales.— É.Esbrl. 

NOTAS DHL MES 

Los programas de enseñanza.—Asambleas del 
personal docente.— Uno. 

INFORMACIONES 

Las bibliotecas populares de Cataluña.—Los tests 
o pruebas mentales. — Experiencias escola¬ 
res.—La Asociación Nacional de Educación 
de los Estados Unidos. 

Libros.— L. Santullano, M. a L. a Navarro, L. L. 


Bibliografía pedagógica reciente. — Revis¬ 
tas. — Libros recibidos. — Noticias. 



Copia facsimilar de la portada del N° 1 (año 1922) de la 
REVISTA DE PEDAGOGÍA 




REVISTA DE PEDAGOGÍA 

1 Redactores: 

AINAUD (U.), BARNÉS (D.), DANTÍN CERECEDA f/J, GAL! (A.), LABORA (G. R.), MAEZTU W.f DE), 
MARTÍ ALPERA tP.), MÚRENTE (M. G.J, SANTÜLLANO (L. ÁJ, XANDRÍ (J.), ZULVETA (L.) 

Y LORENZO LÜZURÍAGA ■ 

Edit or . 

La REVISTA DE PEDAGOGÍA aspira a reflejar el movimiento pedagógico contempo¬ 
ráneo y, en la medida de sus fuerzas, a contribuir a su desarrollo. Dotada de la amplitud de 
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inspirada en el sentido unitario que tiene la obra educativa, dirige su atención lo mismo a 
los problemas de la enseñanza primaria que de la secundaria y. universitaria. 

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Editor, cuerpo de redactores y propósitos de la 
REVISTA DE PEDAGOGÍA 
según copia facsimilar del N° 1 (año 1922) de la misma 



REVISTA DE 
PEDAGOGÍA 


S V M A R 1 O 

La pedagogía y la vida Joaquín Xirdu. 

El juego y el trabajo en la educación.— An¬ 
tonio Ballesteros y Usano. 

Dos años en una escuela rural . — Isidoro 
Boix Chaler. 

El cinema, la radio, los discos.— Herminio 
Almendros. 

La actitud educadora.— Joñas Colín. 

INFORMACIONES 

La alimentación de los niños.—Las «clases 
de transición» en las escuelas de Berlín.— 
La protección de los escolares contra los 
accidentes en los Estados Unidos. 

NOTAS DEL MES 

El año pedagógico.—La escuela unitaria y 
la escuela graduada—El nuevo Presu¬ 
puesto de Instrucción Pública. 

Libros: L. Luzuriaga.—Juan Comas.—G. 
Manrique— Libros recibidos. 

VII Concurso de la Revista de Pedagogía. 

Noticias: España. Extranjero. 


Año XII - Núm. 133 


.,- '0 ° 'V 
• V, 

R- \ T ' 
i M , 

VVX, y 

'■ -» —. A" ■ 


Enero 1933 


Copia facsimilar de la portada del N° 133 (año 1933) 

de la 

REVISTA DE PEDAGOGÍA 
en que se incluye el artículo del Maestro Boix Chaler